Carlos López Alvarado
(in English)
Traducido por Rosa Arechederra
Carlos López Alvarado, quizas màs conocido, al menos entre los expatriados, como el hombre que posee una gran propiedad en un terreno excelente y en el área de Manuel Antonio. Sus propiedades en Manuel Antonio incluyen 70 hectáreas de tierra escarpada que tiene vista a las playas serenas, siete casas, la Escuela de español Cosi, un edificio cerca de la estación de autobús donde se encuentra su oficina y algunas más. Pero López no fue siempre un hombre rico y aun ahora, es humilde y sin pretensiones.
Nacido en Limon el 10 de julio de 1922, Don Carlos se trasladó a Quepos cuando tenía 18 años. Recuerda la fecha exacta: 19 de marzo de 1940. Me dice que su padre fue Capataz de la Compañía Bananera de Costa Rica, una filial de la United Fruit Company .A mediados de los años treinta la compañia, con sede en Limon, empezó a acumular grandes propiedades en el Pacífico central y para 1940, su producción superaba a la de la región Atlántica.
El joven Carlos le dijo a su padre que quería mudarse a Quepos para aprovechar las nuevas oportunidades allí. Su padre, que no quería que su hijo se fuera solo, le pidió que esperara tres meses y que él haría arreglos para mudarse a Quepos también. Don Carlos recuerda que cuando llegaron en Quepos tres meses después, todo se centraba alrededor de la industria del banano. “Había plantaciones bananeras de Parrita a Quepos,” dice. En el mismo año se completó ferrocarril de Parrita a Quepos y la empresa empezó a usar el puerto de Quepos para exportar los bananos en lugar de por el puerto de Limon.
En los siguientes meses, el resto de la familia se reunió con Carlos y su padre.Como el padre de Don Carlos era capataz de la Compañia Bananera la familia de López vivía en una casa de la empresa, en lugar de en las cabañas de paja que se daban a los trabajadores. Carlos siguió los pasos de su padre y comenzó a trabajar en la empresa como peón y, poco a poco, llegò a ser capataz también. Se casó con María de los Ángeles Fonseca Peraza en 1942.
Don Carlos dice que la vida entonces en Quepos era difícil debido a sus condiciones socioeconómicas atrasadas, los bajos niveles de educación, los brotes de malaria y la calidad deficiente del agua que tenía que extraerse del suelo. “Noventa y cinco por ciento de los habitantes de Quepos eran nicaragüenses,” recuerda.
López cuenta que renunció a la Compañía Bananera a la edad de 29 años, mientras su padre y sus hermanos permanecieron en la empresa. Curiosa, pregunto por qué dejó de trabajar allí. Responde que tenía un carácter muy fuerte. “Siempre me peleaba con los jefes norteamericanos,” dice. “No me mal entienda: admiro a los norteamericanos por su visión, por ser avanzados y por su pensamiento a largo plazo. Pero no me gustaba su política. Su lado humano era muy débil. Nos trataban muy mal a nosotros los centroamericanos.”
Nombra a varios de los directores con los que difirió y me relata un incidente en el que uno de los jefes extranjeros calumnió a un trabajador quién estaba esperando en un interruptor del ferrocarril. Posteriormente, López les dijo a sus colegas que iba a hablar con el jefe acerca de su comportamiento, pero sus amigos le advirtieron que no lo hiciera, diciendo que podría ser despedido. No obstante, Don Carlos reprendió a su superior, quién respondió que López era “diferente”. De todos modos, Don Carlos insistió en una disculpa y el superior se la diò , pidiendo perdón a López, pero no al compaňero.
Después de dejar la empresa en 1950, López, con la ayuda de su padre, adquirió 45 hectáreas de tierras en Manuel Antonio. Le pregunto por qué decidió cultivar y dice que su padre, que era de San Ramón y tenía una finca en Silencio, lo había alentado. Con el transcurso del tiempo adquirió un total de 91 hectáreas, aproximadamente 225 acres.
Recuerda sus primeros días como campesino como difíciles, pero gratificantes. Desmalezó el terreno y lo cultivó, plantó alimentos básicos como arroz, frijoles, maíz y yuca, así como plátanos y hortalizas verdes. También compró ganado bovino de Guanacaste.
Don Carlos, que sólo tenía tres años de escolaridad, construyó la primera escuela en Manuel Antonio en 1952. “La construimos en 22 días, de adobe y hojas de palma,” recuerda. Está orgulloso de decir que fue el Primer Presidente de la Junta de la Escuela luego bromea, “en el país de los ciegos, alguien que tiene un ojo es un rey!”
Para 1959, dice, su situación se había tornado muy difícil. Tenía seis hijos y le costaba mucho mantener a su familia. Consideró la posibilidad de buscar trabajo en San José pero su padre le aconsejó comenzar un negocio en Quepos. Cuando Carlos le dijo que no tenía dinero, su padre le señaló que tenía crédito. Recuerda que alquiló un puesto en el mercado y comenzó su pulpería con un valor de 2.000 colones en mercadería, 500 mangos y 45 centavos en su bolsillo para poder dar vueltos.
En las mañanas, ordeñaba las vacas y llevaba leche a los vecinos de Manuel Antonio, luego se montaba en la bicicleta para ir a Quepos con sus productos para venderlos en su tienda, abierta desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la noche. Después compró una carreta y dos bueyes para transportar sus productos y, en 1960, adquirió una Toyota modelo 1958. Dice que fue uno de los primeros automóviles en Quepos y el primer Toyota en el pueblo. Su hijo, Eduardo, ahora abogado pero un niño pequeño en aquella época, lo apodó “Toyota”.
Le comento que debe estar bajo considerable presión para vender su tierra. Los ojos brillantes relampaguean. ¿”Ha oído eso?” pregunta. “No quiero vender por varias razones. Trabajé muy duro para conseguir esa tierra. Tengo suficiente para vivir. No compré mi tierra para ganar dinero. La compré para criar a mis niños, para darles un lugar y un futuro. Quizás esta idea pueda sonar un tanto rara pero es lo que pienso”. También señala que si se vende por medio de una inmobiliaria, esta recibirá un porcentaje por la venta y que no desea que otros se hagan ricos con su tierra. Agrega que está pensando en mantener 30 hectáreas en estado natural, pura montaña, para que nadie pueda venderla. Sonríe cuando asiento con la cabeza entusiastamente. “A muchas personas les gusta que no venda mi tierra,” dice.
Le pregunto cómo ve todos los cambios en el área de Manuel Antonio con el transcurso de los años y ofrece una perspectiva original. Quepos siempre ha sido un lugar transitorio, dice. “Nunca ha tenido una identidad propia. Anteriormente era un lugar de centroamericanos, ahora hay personas de todas las razas”.
Sigue hablando de Manuel Antonio, que ahora está en manos principalmente de extranjeros. Con una sonrisa irónica señala que los campesinos Tico “casi regalaron su tierra” a los extranjeros. Sostiene que los extranjeros que vinieron a la zona tenían una educación mayor que los Ticos y que los despojaron de sus tierras fácilmente. Ahora, muchos de estos campesinos se han quedado sin dinero y están trabajando en las puestos de servicio de bajo nivel. Algunos incluso están trabajando para las personas a las que vendieron sus tierras, dice y agrega, “no deseo servir nunca a otros “.
Don Carlos saca una hoja de papel larga y estrecha. Es un mapa de Manuel Antonio en 1950 que él mismo preparó, mostrando todo los dueños originales de las propiedades. Pasa por una lista larga de nombres locales, uno por uno. “Este está muerto,” dice “y este también. Este le vendió las tierras a un extranjero. Está muerto también”. Manifiesta que “el único que está todavía vivo y todavía cultiva su propiedad original es Carlos López”.
Le pregunto cuál fue el mayor reto que tuvo que enfrentar en su vida profesional y responde que todo en la vida es un reto, especialmente cuando uno no tiene dinero, solo el deseo de trabajar. Dice que siempre ha ido lentamente, concentrándose no en hacer una fortuna sino en vivir y cuidar a su familia. No obstante, ha seguido aprendiendo y mejorando. Ha seguido estudiando a lo largo de su vida, aprovechando cada oportunidad posible para aprender de otros, y le encanta leer. Le interesa especialmente la historia universal
A una pregunta con respecto al momento más feliz en su carrera, recuerda cuando logró salir de una situación muy difícil. En 1988 había salido como garante de un préstamo para una persona que se fugó del país sin pagar a sus acreedores. En consecuencia, Don Carlos se vio obligado a devolver 21 millones de colones. “Esta fue una época terrible,” dice, porque se iban a llevar todo lo que había logrado trabajando con tanto ahínco.
Afortunadamente, algunos rusos que estaban visitando Manuel Antonio ofrecieron prestarle a Lopez los fondos necesarios hipotecando su tierra, por un valor de $15 el acre. Los rusos no regresaron a Manuel Antonio en los siguientes dos años, después de los cuales el abogado de López dijo que ya no era legalmente necesario que les pagara. Sin embargo, Don Carlos se sentía moralmente obligado a devolverles el dinero y les diò 2,5 hectáreas de tierra que ahora forma parte de Tulemar. “Fue el momento más feliz de mi vida,” dice con una sonrisa de satisfacciòn “porque pude salvar todo”.
Don Carlos y Doña María de los Ángeles tuvieron diez hijos, dos niñas y ocho niños. Uno de ellos estudió en los Estados Unidos y todos ellos recibieron una buena educación, y viven y trabajan en Costa Rica. Dos de ellos, Lionel y Luis Alberto, trabajan con él en su finca. Su esposa falleció hace cinco años. Le pregunto a cuántos nietos tiene y él responde: ” un montón”.
Cuando le pregunto quién es la persona que él más admira, me dice, “A Dios y a mi padre. A Dios, por todo lo que ha creado, la naturaleza y todo lo que nos ha dado. Y a mi padre, porque fue siempre mi guía, y sigue siéndolo, incluso ahora”.
The Quepos Bridge Club plays at 12 noon every Tuesday at Dos Locos Restaurant.






